martes, 10 de diciembre de 2013

Que supimos conseguir

Hace 30 años volvíamos a nacer luego de una noche larga y oscura donde muchos sueños y vidas  argentinas se apagaron de una vez y para siempre. El 10 de diciembre de 1983 es más que una fecha simbólica para nosotros. No se trataba de volver a empezar, sino de refundar sobre las ruinas y reconstruir sin reparar en  olvidos, sino recordar para pedir justicia y memoria en nombre de aquellos que no estaban para alzar su voz aunque hoy se los  escuche en un  silbido que se hace grito. Se trata de empezar a ver la historia como el ángel que describe Walter Benjamin en sus tesis de la filosofía de la historia: “un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”[1]

El primer discurso de Raúl Alfonsín tras su Asunción no fue un discurso más en la historia política argentina. Fue nuestro segundo cabildo abierto desde 1810, y la escena de enunciación de ese discurso se planteo en términos de una refundación nacional. El desafío era enorme y trascendía al partido de gobierno; la consolidación definitiva de una democracia frágil y denostada surgió como una necesidad imperante.
Asumía con un sistema productivo completamente fracturado, una industria nacional en extinción, desocupación alarmante, una deuda externa que entre 1976 y 1983 paso de 8.000 millones de dólares a mas de 45.000 lo que impedía una autonomía en materia economía y nos obligaba a seguir las recetas neoliberales que por ese entonces eran hegemónicas en todo el mundo.  A esto se le sumaban los reclamos de justicia por los crímenes cometidos durante la dictadura. Así fue que 5 días después de asumir, Alfonsín decretó la conformación de la CONADEP para investigar ese pasado reciente que  estaba latente y que aun nos duele. El juicio a las juntas militares trascendió a nivel internacional como un claro ejemplo donde el mismo estado argentino, acaparado en el estado de derecho, se proponía investigar los crímenes de lesa humanidad cometidos por una dictadura presidida por genocidas. Lamentablemente, el alfonsinismo borro con el codo lo que escribió con la mano tras declarar las leyes de obediencia debida y punto final. El gobierno de Raúl Alfonsín sufrió presiones constantes de parte de las empresas multinacionales, el organismo de crédito multilaterales, los militares e incluso de las grandes corporaciones mediáticas que empezaban a construir su concentración, lo que atentaba directamente contra la democracia vigente. Las presiones del grupo clarín dieron por tierra el intento del COCODE (Consejo para la consolidación de la democracia) donde se pretendía una democratización de los medios de comunicación y que planteaba cambios en pos de la desconcentración de las comunicaciones en nuestro país. Los medios, el mercado, parte del peronismo y una situación social que se debilitaba crecientemente, adelantaron el traspaso presidencial.

Comenzaba la fiesta de los noventa que con sus recetas neoliberales y su mano invisible se encargo de excluir del sistema a millones y millones de argentinos que cayeron por debajo de la línea de la pobreza. Si la etapa 1976- 83 fue llamada como un genocidio de estado, esta etapa es digna de ser llamada un genocidio del estado donde todo el aparato estatal fue desarmado, desarticulado quitándosele todo tipo de intervención en pos de los que menos tienen para tratar de aminorar las desigualdades sociales que genera el mercado. La teoría del derrame que proclama que una vez que el vaso este lleno revalsaría y permitiría que todos puedan vivir dignamente se constituyo como una de las grandes falacias de la década. El vaso estuvo lleno solo para algunos y ni una sola gota fue derramada para aquellos sectores sociales que veían como día a día iban quedando en situaciones de pobreza estructural. Claro esta que las recetas neoliberales no podían ser aplicadas sin cierta legitimación social y para ello es necesario construir legitimidad a través de los medios de comunicación social. El menemato supo construir una alianza estratégica con los medios de comunicación social más importantes permitiendo, entre otras cosas, la concentración mediática del grupo clarín, ampliando licencias y permitiéndosele ser licenciatarios de canales de televisión. La convertibilidad, la exclusión social, una economía que funcionaba para unos pocos, la ruleta financiera, los fondos buitres y la venta total de los activos del estado fueron generando una situación estructural de semejante envergadura que estallaría en el 2001.

El gobierno de la alianza fue una continuación de la década menemista cuando el contexto ameritaba un giro de timón. El resultado no podía ser otro. Aquellos sectores que habían perdido sus derechos mas básicos durante los 90 vieron como durante el periodo 1999 -2001 sus salarios bajaban, las jubilaciones decaían, los impuestos aumentaban y el poder adquisitivo de la gente quedaba por el suelo. Y encima cuando la sociedad salio a reclamar a plaza de mayo un poco mas de dignidad, fueron recibidos a fuego, palos y sangre lo que le costó la vida a mas de 30 personas. La sociedad dijo basta cuando las imágenes televisivas mostraban como la maldita policía reprimía a las madres y abuelas de plaza de mayo que intentaban ingresar a la plaza, Y como una película cuyo negativo vemos pasar rápido, vimos 5 presidentes, default, mas muertos, negociados políticos espurios y el “que se vayan todos” que se alzaba como bandera.

El breve periodo del duhaldismo poco hizo para tratar de modificar la situación política y social del país donde los dirigentes políticos parecían estar mas preocupados por candidaturas personales que por la situación social que era cada vez más endeble. El fusilamiento de Kostecki y Santillán fue un punto de inflexión para una política de estado represiva y para un modo de práctica política que trata de apaciguar a la sociedad con palos y sangre sin escuchar cuales eran las demandas que emergían.

La elección nacional del 2003 se polarizo entre lo viejo y lo que se proponía como lo nuevo. Entre aquel viejo rostro astringente que tantos sueños derroco en pos de satisfacer los bolsillos de unos pocos y un rostro anguloso que venia desde el sur diciéndonos que “cambio es el nombre del futuro” demostrando una lectura mas que atinada pero llamando a un discurso conciliador con aquellos argentinos que estaban dispuestos a ponerse manos a la obra en pos de construir un proyecto de país común e inclusivo. El desafío era enorme (hoy lo sigue siendo) y la confianza de la sociedad en la política y en los políticos pendía de un hilo demasiado delgado. El kirchenerismo con sus contradicciones puso la política sobre la mesa. Dio discusiones y disputas necesarias e impulso la democratización en amplios sectores de la sociedad. La reforma de la corte suprema de justicia, tan cuestionada durante el menemismo, fue una medida en ese sentido. El pago de la deuda externa, permitió manejarse con mayor autonomía e implementar política económica en pos de objetivos nacionales de crecimiento sostenido. La ley de matrimonio igualitario, la fertilización asistida, el voto a los 16 , la reapertura de las causas por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura, la asignación familiar por hijo, la ley de servicios de comunicación audiovisual y mucha otras mediadas que van en sintonía con la consolidación de una democracia mas participativa e inclusiva. Resta mucho por hacer, pero lo cierto es que estas conquistas ya no son de un gobierno, sino de una sociedad que se siente parte, que participa.

Como se dijo anteriormente, el desafío es enorme y son muchas las demandas a satisfacer. Es sobre lo conquistado que hay que seguir consolidando nuestra democracia. Como sociedad no podemos permitirnos ni avalar prácticas que vayan en detrimento de las conquistas ganadas. Es por eso que hoy debemos mirar y abrir los ojos ante los hechos que están sucediendo en nuestro país. No es posible homologar la situación actual del 2001 con lo sucedido en la actualidad aunque algunos intenten encontrar continuidades que no resisten el menor análisis. Sean eternos los laureles que supimos conseguir.


Augusto






[1] Walter Benjamin,Tesis de la filosofía de la historia, tesis  IX

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